
Una nota de opinión de Emmanuel Burgueño sobre el postre caliente de las elecciones 2007.
Su victoria aplastante no sorprendió a nadie, se sabía de su triunfo desde el mismo momento de su postulación: los logros de Néstor Kirchner durante su mandato pesaron más que sus desaciertos, y la falta de alternativas políticas fuertes hicieron de esta elección un plebiscito en la que se le dio al gobierno el visto bueno para que continúe con su gestión.
Conocer el final es la mejor manera de empezar una historia; pero en política, como en la vida, los finales no se conocen de antemano, se van escribiendo con la pasión de los días y, muchas veces, culminan con la desazón de la noche, que oscurece con su luna la lumbre de los ojos. Los argentinos, en nuestra vida democrática, nos hemos envuelto en numerosos enamoramientos políticos que culminan con el fracaso de una relación sostenida de manera superficial, basada en palabras bonitas y en acciones correctas que se dejaban de lado cuando el contrato matrimonial estaba avanzado. No conocíamos el final de la historia y nos excusábamos diciendo que nosotros no éramos los escritores- y no deja de ser una vil excusa-, y los escritores morían en el olvido al no poder manejar esos cuentos que tenían gancho, pero les faltaba el título y el punto final.
Cristina Fernández de Kirchner cuenta con el apoyo de- casi- uno de cada dos argentinos. La victoria es inobjetable y tanta unanimidad asusta. Asusta porque el reino de la política es el infierno del desengaño, donde el que come más manzanas es rey y los que andan desnudos abundan y parecen no darse cuenta que su falta de ropa es por culpa de los que se comen la fruta. Asusta, sí, porque han sido años de derrotas, porque Perón todavía es ángel o demonio, y porque las estatuas son el mejor lugar para que caguen los pájaros.
Asusta, sí ¡Vaya que asusta!
Pero todos nuestros temores no impiden que caminemos en las tinieblas a pesar de los fantasmas, buscando ese rayo de luz que nos conduzca hasta la puerta, tratando de espiar hasta el final del pasillo en busca de ese cuento siempre vislumbrado, pero jamás escrito, y gozosos y felices encontrarnos con ese escritor que no sabía como terminaba la historia pero improvisó sobre la marcha; y tanto improvisó, que un día se dio cuenta que todos los que dudaban de su capacidad, ahora lo aplaudían.
Y colorín colorado.
(Vaya que es lindo final para una historia…)
Por Emmanuel Burgueño
1 comentarios:
que genial, mati!
después quizá lo tome prestado... te mando un fuerte beso.
:)
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