
Desenlace inventado del magnifico cuento " La Pata de mono " de Wymark Jacobs, humorista inglés de principios de siglo XX.
La señora White bajó la escalera y corrió hasta el living con el corazón galopando frenéticamente. Trastabilló contra una silla y luego se quedó inmóvil a dos metros de la puerta de madera pesada a esperar la noticia. Sentía el cuerpo frío, las manos temblorosas al compás del tic-tac del reloj que volvía todo más dramático, cargaba de un aire pesado de espanto.
El viento empujó lentamente la puerta, y entre las penumbras, la señora White se chocó con unos ojos enrojecidos como brasas vivaces e incandescentes que la miraban con el desdén de esas risas malvadas de la venganza. Allí se paralizó por unos segundos que parecieron eternos, atinó a disculparse, hizo un gesto de súplica con las manos y dio un paso pesado en dirección a la entrada. El silencio aumentaba el volumen del terror. La silueta sombría con ese fuego en la mirada permanecía inmóvil, y la señora White lloraba en voz baja arrodillada en el suelo, temblando como un perro mojado.
Intentó emitir palabras pero sintió la garganta anudada. Cerró los ojos con fuerza y corrió hacia la puerta con los brazos tendidos, pero no logró amortiguar la carrera con el abrazo esperado; tropezó en el cantero húmedo por el rocío de la noche y golpeó la cabeza contra el mármol.
El señor White esperó que la casa quedara en un silencio absoluto y bajó con sigilo los escalones. Caminó por el living de la casa, no divisó ningún movimiento extraño en la puerta y salió a toda prisa con una maleta de cuero en la mano derecha. La noche seguía calma y desértica.
El viento empujó lentamente la puerta, y entre las penumbras, la señora White se chocó con unos ojos enrojecidos como brasas vivaces e incandescentes que la miraban con el desdén de esas risas malvadas de la venganza. Allí se paralizó por unos segundos que parecieron eternos, atinó a disculparse, hizo un gesto de súplica con las manos y dio un paso pesado en dirección a la entrada. El silencio aumentaba el volumen del terror. La silueta sombría con ese fuego en la mirada permanecía inmóvil, y la señora White lloraba en voz baja arrodillada en el suelo, temblando como un perro mojado.
Intentó emitir palabras pero sintió la garganta anudada. Cerró los ojos con fuerza y corrió hacia la puerta con los brazos tendidos, pero no logró amortiguar la carrera con el abrazo esperado; tropezó en el cantero húmedo por el rocío de la noche y golpeó la cabeza contra el mármol.
El señor White esperó que la casa quedara en un silencio absoluto y bajó con sigilo los escalones. Caminó por el living de la casa, no divisó ningún movimiento extraño en la puerta y salió a toda prisa con una maleta de cuero en la mano derecha. La noche seguía calma y desértica.
Por Matías Kraber
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