miércoles, 19 de noviembre de 2008

No me gusta cuando callas


"En el silencio late otro México. Juan Rulfo, narrador de desventuras de los vivos y los muertos guarda silencio. Hace quince años dijo lo que tenia que decir, en una novela corta y unos cuantos relatos, y desde entonces calla. O sea: hizo el amor de hondísima manera y después se quedó dormido" Eduardo Galeano, “El siglo del viento”

Con Pedro Páramo comprendió que en lugar de escribir prefería hacer callar su voz. Restaban kilómetros de hectáreas fértiles para sembrar su prosa en novelas o cuentos que recorrieran el mundo, crecían los seguidores, sus dos únicos libros empezaban a traducirse en diferentes lenguas; pero Juan Rulfo prefirió el silencio, pensó que ya había contado todo y se acobijó en el Instituto Nacional Indigenista para confeccionar la colección más importante de la Antropología contemporánea y antigua de México. Allí dedicó los últimos veinte años de su vida, alternando con la fotografía y algunos viajes por el continente. Mientras fumaba. Siempre fumaba y hablaba poco con una voz pesada.
Juan Rulfo es dueño de una prosa ligera, ágil, de pueblos perdidos en una llanura interminable donde los vivos vivían callados y los muertos se quejaban de estar muertos en el recóndito lugar de Comala, “aquello que está sobre las brasas de la tierra”.
Sus personajes son coloridos, de marcada raigambre popular, cuyos diálogos vivaces permiten acelerar la lectura y encuadrar la escena en una pantalla gigantesca de cine. Rulfo generaba literatura de alta velocidad, historias de contenido épico, de peleas fervientes entre distintos bandos políticos donde se desangraban en un barranco por un General llamado Petronilo Flores, campesinos pobres ingeniándoselas para vivir, pueblos marginales empequeñecidos por la pendiente, venganzas, muertes sangrientas y tristeza. Demasiada tristeza.
La vida del autor estuvo signada por la soledad. Sus padres murieron cuando él tenía apenas diez años y los familiares lo obligaron a inscribirse en un convento donde empezó a rozarse con la buena literatura en la biblioteca de un cura del lugar de nombre Irineo Monroy. Hurgando descubrió a Faulkner quien impregnó el modo de hacer literatura en Juan Rulfo y en el propio García Márquez.
Rulfo, aunque su nombre carezca de la sonoridad de otros emblemas del mundo de las letras, ha sido blanco de elogios rimbombantes de personajes que escatiman adjetivos a la hora de opinar de otros socios contemporáneos. “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aún de la literatura" sentenció Jorge Luis Borges y el maestro del realismo mágico, Gabriel García Márquez, describió las sensaciones que tuvo al digerir la novela: “aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá -casi diez años atrás- había sufrido una conmoción semejante”.
La novela sobre Comala se instaló en la biblioteca del mundo, justo en el estante sagrado que cualquier aprendiz de escritor acude a diario para consultar en el momento de toparse con el fantasma de la página en blanco. Al momento de describir algo que se presenta como propio y cercano, pero las imágenes se desvanecen borrosas y caóticas en la mente.
Toda su bibliografía editada se resume en la novela Pedro Páramo y el libro de cuentos El Llano en llamas. Luego de su último libro publicado en 1955 aparece el cine, un cortometraje titulado “Despojo” que realiza con Antonio Reynoso en el estado del cura independentista Hidalgo.
Después el mundo esperó expectante otra prosa magnífica de Rulfo, al unísono del boom latinoamericano en el mercado del libro. Sin embargo ese día jamás llegó, Rulfo prefirió su prédica antropológica ligada a sus orígenes, a ese sueño de revolución mexicana que siempre coqueteó con la realidad y dejó huellas inquebrantables en las generaciones de mexicanos campesinos. Rulfo murió temprano, murió con Pedro Páramo, en ese preciso instante que jugó a ser un ánima para encontrarse con los muertos de su felicidad, con su gente. Allí fue cuando empezó el silencio, allí en el pueblo mexicano de Comala, “aquello que está sobre las brasas de la tierra”.
Por Matías Kraber

Desde lo alto del río


Tal vez cuando me entiendan,
ya sea un poco tarde,
pero los pienso perdonar
soy hombre razonable”.

Raúl Carnota “Chacarera del pensador”. Espejos, 2005.


Sólo un melómano puede atravesar fronteras musicales, mezclar géneros y construir arreglos novedosos. Raúl Carnota, un porteño vinculado al folclore, habla de sus comienzos en la música, su puntillismo a la hora de componer y la relación con las multinacionales. Aquí un breve retrato gráfico de un cantautor de lujo.


Podría arriesgarse que si aquella mañana veraniega de finales de los cincuenta, el economista marplatense, Raúl Cesar Valentín Carnota cruzaba la frontera aduanera de Brasil a Argentina con los brazos vacíos; su hijo Raúl estaría hoy radicado en algún pueblo del interior de la Provincia de Buenos Aires como veterinario de grandes animales. Con una vida sedentaria de ocasionales viajes cortos hacia los campos aledaños, compartiendo yerras, asados, vinos y de tanto en tanto alguna guitarreada. Tan sólo algunas.
No obstante la historia tomó otro rumbo. Raúl padre, de hirviente sangre vasca, persuadió al empleado aduanero que traspasar una guitarra criolla “Janin” de fabricación brasilera, no conformaría en ningún idioma y en ninguna Constitución un contrabando alguno. Se trataba de un obsequio para su hijo Raúl que comenzaba a transitar la música al repiqueteo de un bombo santiagueño.
A partir de allí bastaron algunos años para que Raúl Carnota hijo, recorriera numerosos escenarios como instrumentista de grandiosos folcloristas argentinos mamando hasta la última gota del folclore del norte, de las raíces andinas; del amor a la tierra, del sufrimiento colla.
- Yo arranqué trabajando de músico en el año 1973, hasta el año 83 cuando grabé mi primer disco. Entonces ahí tuve la oportunidad de aprender a tocar esa música, de tocar con santiagueños, salteños y jujeños- habla con pausas Carnota, respetando tiempos, mientras tamborilea los dedos en una mesa de algarrobo que ocupa el centro del living de su departamento ubicado en el arrabalero barrio de San Telmo.
Carnota es un porteño que hace música en términos plurales. Lo irrita el mote de folclorista que le han asignado por doquier en publicaciones o circuitos musicales. Es un melómano que contempla presentaciones de artistas de todo talle, tomando un aperitivo en un rincón de algún bar o sentado en una butaca de algún teatro como un espectador silencioso. Carga en sus hombros once discos con detalles de artesano: arreglos pulidos de voces y guitarras, y una fuerte carga conceptual que unifica las canciones en una idea gruesa o amplia.
- Yo no grabo por grabar, por ende me tomo muchísimo tiempo para hacer un disco porque además de los arreglos musicales, el disco debe ser conceptual. Un poco la vida se la construye uno, las decisiones se toman cotidianamente. Yo por ejemplo empecé mis pasos como solista grabando discos con empresas multinacionales - mira hacia el techo como recordando y reanuda su frase con un dejo de resignación- fueron los tres primeros, y casualmente los tengo atrapados. La gente me los pide, y no tengo acceso. Ni me los sacan, ni me los venden, no los reeditan, ni nada. Después decidí que no tenía que laburar con las multinacionales, además por las estrategias de marketing, las expectativas de ventas, y a mi no me interesa. A ellos les interesa ganar plata y no les importa el arte.
Carnota siempre se enamora de su última novia, de su último disco. No selecciona una época o un momento como el techo dorado de su carrera de solista, porque su profesión lo mantiene en una dinámica insaciable que busca atravesar fronteras inexploradas y caminos novedosos.
El carácter progresivo de la música permite la mutación, permite oxidar lo tradicional de ayer e inventar lo tradicional de hoy. Un desplazamiento que siempre genera reticencias en quienes abogan por conservar los moldes intactos del pasado, pero cuya tendencia respeta postulados filosóficos sobre la contingencia del lenguaje, su dinámica social. “La música no es estática, entonces lo tradicional va aggiornándose. Quién sabe como tocaban la chacarera hace 150 años porque no hay registros. Una vez en Estados Unidos, en el cuarto del hotel, miraba un canal de música country donde aparecía desde Kenny Roggers y James Taylor hasta músicos de country modernos con bandas. De lo más simple a lo más sofisticado. Y nadie decía esto es tradicional y esto no”, enfatiza con vehemencia Carnota como contestándole a aquellos críticos de la música moderna.
Él utiliza la armonía de la misma manera que un cheff aplica condimentos para mejorar su plato. “La armonía es una técnica, de la que nadie es dueño y por lo mismo nadie te va a enseñar a emplearla…sólo uno debe saber cómo se usa. Hoy en día la música se ha institucionalizado, y a diferencia de antes, los músicos salen más formados…es un buen momento para la música en Argentina”.
Hoy se dedica a tocar, sin el éxtasis ni el estrés que implica componer. Se aproxima un viaje a Canadá, tiene fecha en Egipto y en apenas algunas semanas le toca visitar el sur argentino. La música la regaló viajes por territorios lejanos que jamás creyó haber podido conocer como veterinario, y él los disfruta sin alma de turista.
Comienza a oscurecerse el living y Carnota camina hasta el balcón para mirar a San Telmo desde lo alto y buscar el río, minimizado detrás del paisaje de hormigón y el humo de los autos. Se hace un silencio largo y suelta en voz baja:
- Me retiraré cuando un buen amigo me diga: “Raúl, no va más”- frunce el ceño y reanuda- ese será el día que deje la música.
Carnota termina la frase y vuelve a posar su mirada en el río. Quizá imaginándose veterinario, o quizá buscando, como tantas veces seguramente, la poesía que le permita seguir marchando por el infinito sendero de la música sin que nadie le baje el pulgar. Sin que nadie lo repruebe.

Por Matías Kraber, Cu4tro de Copas 2da Edición Julio 2008

Esa Luna que vino del norte



“Llegan de noche gritos lejanos,

rompe la luna, tiembla de miedo algún chango

de salamanca llaman campanas

los hombres quieren matarse empuñando un arma”

. Peteco Carabajal y Jacinto Piedra, “te voy a contar un sueño”.

Una música viaja con el viento. Voces desgarradas, que se quiebran en un tono agudo casi de súplica, traspasan los vidrios empañados y se cuelan por las calles dormidas de una noche de jueves con luna llena de carnaval.
La fiesta comienza a las diez y se estira hasta el cansancio. Luís está detrás del mostrador con la mirada clavada en una caja que lo transporta a las coplas collas de su infancia. Una infancia que lo ligó al trabajo forzoso escalando cerros desde la aurora al ocaso, masticando coca y silbando algunas canciones de Atahualpa mientras se fundía con el paisaje intenso de Maimará.
Treinta años más tarde él está a 1660 kilómetros al sur de su Jujuy natal, comandando la fiesta del folclore norteño en la capital de la provincia de Buenos Aires como “el tío”, “el zumba”, o el “mandinga” urbano (tal como titula la mitología del noroeste al diablo que organiza esas fiestas nocturnas de música, carcajadas y gritos en el corazón de los bosques del norte, cuyo sonido se oye un kilómetro a la redonda) que reúne a cientos de jóvenes y adultos cada fin de semana en su “Salamanca” platense con música en vivo y comidas regionales.
“Salamanca” es su apellido y casualmente remite a una leyenda ancestral de los habitantes del noroeste argentino y la puna boliviana. El término emigró por los mares y el tiempo hasta adquirir una versión de raíces autóctonas. Las cuevas de Salamanca eran sitios recónditos de la ciudad del centro oeste de España donde “los moros” practicaban la brujería a espaldas de una hostigadora iglesia española.
El norte argentino resumió la leyenda de “Salamanca” en un baile de los diablos donde tienen asistencia perfecta los condenados, poseídos, perdidos y repudiados por la sociedad. Así como también aquellos que pretenden firmar un contrato de sangre con el diablo: pedirle destrezas musicales y poéticas a cambio de sus almas.
Luís fundó su centro cultural que lleva su apellido sobre el epílogo del proceso de reorganización nacional que se extendió de 1976 a 1983 en Argentina. Cuenta que fue difícil mantenerlo en pie, “siempre tambaleamos con los diferentes gobiernos, como cualquier persona que quiso mantener un proyecto independiente” expresa con una voz suave y perezosa que patina con las eres.
La Salamanca fue un emprendimiento musical de jujeños en La Plata que pronto pasó a convertirse en un templo festivo donde asisten distintas generaciones a disfrutar de ritmos andinos contagiosos o nostálgicos.
- Nuestra peña es un puente con la cultura del norte, no es idéntico a los carnavales de allá pero porque acá no está ese paisaje, esa historia, esa gente
Luís se toma un respiro y larga con tono poético:
- El paisaje te determina para toda la vida. A mí, Maimará me determinó para toda la vida. Esa pobreza linda donde uno aprende a compartir y a darle importancia a las simples cosas.

“Levantate cagón que aquí ha cantao un argentino”


Javier Caminos canta con vehemencia. Entona cada verso con los ojos firmes y sostiene la guitarra con convicción de soldado. La Música para ellos es una trinchera de resistencia cultural, un fusil para mantenerla viva y protegida, al resguardo de la vorágine de la globalización.
Al escenario suben algunos changos compañeros de Javier y otros músicos que asisten religiosamente las noches de jueves en la Salamanca.
El bombo repiquetea, la quena emite un sonido que se mimetiza con los pájaros del norte argentino y la guitarra comienza a chacarerear. Aplausos se suman a una sincronía instrumental que proviene de arriba del escenario y algunas mujeres zarandean su pollera mientras sus compañeros de pieza castigan los zapatos contra el suelo de material. El resto de la gente corea y hace palmas desde las mesas con entusiasmo. Es una fiesta donde no hay silenciosos ni introvertidos, “esta música es grandiosa, la repetición hace que todos puedan participar…es la fuerza del grupo y una melodía que integra” explica Luís con los ojos fijos que dejan entrever un sesgo de tristeza antigua casi prehistórica, pero con una seguridad inmutable.
La música no tiene respiros. Javier pasea por un repertorio nutrido de canciones del noroeste y el público lo acompaña, empujado por un envión místico propio de los bosques, propio del tío o mandinga, propio del rincón cálido de 60 y 10 de Luís Salamanca.
La luna llena se diluye en un cielo anaranjado. Un bailecito jujeño fue el telón de otro jueves mágico repleto de jóvenes. Afuera, la ciudad amanece muda y perezosa a cumplir con su rutina semanal, mientras dos empleadas bajan las persianas del centro cultural y la gente comienza a desagotar el espacio. Se desparraman por las calles con el rostro sudoroso pero vivaz, con el alma vacía pero el corazón contento; enfilan a sus casas satisfechos porque otro jueves u otra noche deben volver a la cita con el diablo.


Por Matías Kraber, para Cu4tro de Copas 1era Edición, Mayo 2008.