lunes, 20 de diciembre de 2010

Sospecho que el mundo sea mágico



“La historia de los hombres se escribe con esos fragmentos hechos de viento. Siempre hay un instante de la vida en el que volvemos a ser lo que fuimos o en el que somos, misteriosamente, lo que nunca pudimos ser”
T.E.M

Al principio creí que era otra de sus fábulas. Que nos estaba engañando a todos. Tan acostumbrados nos tenía a los pliegues de su literatura, en los que la realidad y la ficción se fundían como amantes celosos, que bien podía ser este otro de sus artilugios literarios para confundirnos. Pero los noticieros repetían la novedad con insistencia de eterno retorno: “El gran escritor y periodista Tomás Eloy Martínez murió a los 75 años”. “He visto muchas mentiras televisadas”, pensé. Casi todas, incluso. Parecía una noticia de otro mundo. No podía ser cierta.

Tomás Eloy Martínez debe estar ahora –pensé-, en su Tucumán natal (“fue para mí el resumen del mundo”), divirtiéndose de lo lindo con todo esto. Debe ser una tarde de insoportable calor subtropical, de mediados de los cincuenta. Se ha licenciado en Literatura Española y Latinoamericana, pero se acaba de decidir por el periodismo, descreyendo que pueda ganarse la vida como docente. No lo sabe, por supuesto, pero junto a él, están tomando la misma decisión generaciones de jóvenes que aún ni siquiera nacen, pero que su pluma puntual e imaginativa conquistará para siempre. Los tomará por sorpresa y los arrojará a los senderos del periodismo, convencidos bajo su influjo mágico de que se trata del mejor oficio del mundo.

O puede que esté ahora sentado frente al cinematógrafo. Es 1955. Robert Mitchum, con su atuendo de siniestro predicador, recorre la pantalla en su hipnótica persecución de “La noche del cazador”. Tomás Eloy siente que está frente a una obra maestra. Pronto escribirá sobre ella, tal como lo hará como crítico durante cuatro años en La Nación, renovando la manera en que se reseñan las películas. Eso hará, inspirado en las transformadoras miradas del Nouvelle Vague y la Nouveau Roman, hasta que algunos auspiciantes, disgustados por lo nuevo, harán notar su inconformismo. Siempre sucede así: como todo acto renovador, las reseñas provocarán adhesión y desconcierto por igual.

El mexicano Carlos Fuentes dice que está con él. Que cae la tarde. Que es noviembre de 1962 y el balcón sobre el que están parados, en un departamento de la calle Quintana en Buenos Aires, amenaza con derrumbarse tanto como el país. No están solos. Augusto Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y el actor Francisco Petrone participan de la conversación. Juntos “forman parte de una abigarrada colmena de relaciones y sueños”, de la que por entonces participaban todos los que trabajaban en torno a la cultura. Ninguno de ellos puede evitar mirarla a ella. A todos ha hechizado con su belleza de ninfa. Toda la literatura latinoamericana se ha enamorado de golpe de la dueña de casa, Galli Mainini, una dama celestial “con la espalda de mujer más hermosa del mundo”, según palabras de Fuentes. Pero la mujer, a pocos pasos del balcón, parece no advertir esas miradas de guerreros rendidos. Está extasiada ante diálogo de implacables citas francesas con el que la encandila un joven Ernesto Sábato. Pronto, la figura de la diosa coronada remontará vuelo, hasta perderse para siempre en las penumbras de la tarde, “guiada por un Sábato solícito”. Su imagen quedará tatuada en la memoria de todos. Tomás Eloy recordará por siempre esta tarde, y dirá que el tiempo convertirá esa anécdota en una leyenda inverosímil. “A veces la vuelvo a oír tan desfigurada que me pregunto si de verdad estuve en ese balcón, y si todos los que coincidimos allí éramos tan jóvenes y felices como se empeña en creer nuestra memoria”.

Nos enseñó a contar la vida con el asombro de quien la observa e interroga por vez primera. Nos demostró que la noticia ha dejado de ser objetiva para volverse individual. Y, como Pascal, vino a plantearnos la duda. Hizo del periodismo y la literatura un ejercicio de dudas. Nunca dejó de buscar la verdad, la persiguió con la convicción de un cazador furtivo. Pero lo hizo con la certeza de que “de todas las vocaciones del hombre, el periodismo es la que hay menos lugar para las verdades absolutas.

Y ahora la televisión dice que se ha ido. Todavía no me lo creo. Sospecho que Tomás Eloy está entrando ahora a la casa de Francisco Porrúa, el director de editorial Sudamericana. Que está fastidioso y mojado. Afuera llueve como no ha llovido en todo 1967 y Tomás Eloy acaba de pisar dos baldosas flojas que lo dejaron empapado. Entra a la vivienda y una hilera de papeles desparramados lo invita a limpiarse los pies. Se esmera en quitarse el barro, hasta que Porrúa le informa que está pisando el único manuscrito de una novela inédita que un autor desconocido ha enviado desde Colombia con el dinero que recibió tras empeñar su más preciado regalo de matrimonio: la procesadora de alimentos. Afortunadamente, el pisotón no arruina la obra. Todo lo contrario: la bendice. Es un acto místico, religioso, es el bautismo de una criatura colosal llamada Cien años de soledad y de un escritor que será cubierto de gloria, Gabriel García Márquez. La obra deslumbra a Tomás Eloy, de modo que el próximo número de Primera Plana, que él dirige, estará dedicado a la que consagrará como “la gran novela de América”. Martínez se adelantará a todos, y con su tapa del 20 de junio de 1967, será uno de los impulsores de la explosión mundial de la novela latinoamericana, que él mismo integrará tiempo después con dos libros monumentales: “La Novela de Perón”, que se empezó a gestar durante su primer encuentro con el General en 1966 y “Santa Evita”, la novela traducida a más idiomas de la historia argentina. Por esas obras transitan personajes mitológicos, hombres de carne y hueso que se cruzan con seres de papel, pero tan vivos, que el lector ya no podrá divisar la difusa frontera entre lo real y la ficción.

Lo veo. Está en Trelew. Transcurre la violenta primavera de 1972. Lo echaron de Panorama a pedido del gobierno militar, por difundir una información oficialmente falsa. Ha venido hasta aquí para saber de veras qué fue lo que pasó el 22 de agosto de 1972, cuando diecinueve presos políticos fueron acribillados en lo que los partes oficiales describían como un intento de fuga. Pero tres de los diecinueve sobrevivieron para contar cómo habían sido atacados a sangre fría. Con eso, y con una de las rebeliones populares más encendidas y secretas de la historia del país se encontró en la Patagonia. Lo contará todo en “La pasión según Trelew” y esos hechos le cambiarán la vida.

Su compromiso con la palabra y la verdad siempre ha sido a tiempo completo. Para él, el periodismo es algo que ama con nuestras propias vísceras, que respira con nuestros sentimientos. Pero esta fatídica noche del 27 de noviembre de 2000, en la que un automóvil le arrancará para siempre de sus brazos a Susana Rotker, Tomás Eloy comprenderá que narrar será su forma de escaparle al delirio y a la muerte. Como Sherezade en las Mil y una Noches, su destino es contar para seguir viviendo. Tiene prohibido aburrir, porque la muerte está ahí, en forma de sultán o de cáncer, acechando el pescuezo. Y entonces narra, al decir de Ariel Dorfman “como si supiera que sólo relatar esa historia alucinante podría salvarlo de la locura”. Lo contará todo con la sencillez de un amor profundo. En tiempos de la liviandad de las pasiones y el amor líquido, pocas palabras me impresionaron tanto como aquellas. El final se me ha quedado atravesado en los párpados. Escribirá: “Luego, oí chirriar unas ruedas, corrí como pude y descubrí su cuerpo hecho pedazos. La imagen de sus ojos abiertos y su sonrisa de otro mundo me persiguen por todas partes, a todas horas. En el instante en que la vi, sentí que la perdía. Habría dado todo lo que soy y lo que tengo por estar en su lugar. Me habría gustado verla envejecer. Habría querido que ella me viera morir”.

No intenten convencerme. Es otra de sus trampas perfectamente urdidas. Que los medios repitan lo que quieran. Estoy seguro de que ahora mismo está acostado en su cama, en algún lugar de Buenos Aires. Que se agotan las últimas horas de enero del 2010. Piensa en las decenas de libros que ya lo han consagrado. En sus miles de artículos. Piensa en sus novelas, que resucitaron la historia para mostrarnos la matriz de lo argentino y lo latinoaméricano, sus interminables contradicciones y sus irremediables pasiones.
Un cáncer fantasmal le ha subido por las entrañas. Pero él, armado con la palabra, resiste como Sherezade. Está rodeado de sus hijos, que le leen poemas de Rimbaud y lo perfuman. Está tranquilo y, mientras su respiración se hace cada vez más espaciada, tal vez piensa en aquellas palabras que escribió hace tiempo: “Fue una maravillosa revelación que esta vida fuera, de pronto, la única vida posible, y que cada minuto tuviera el sagrado valor de lo que ya no puede repetirse”. Y sonríe por dentro, porque sabe que los sagrados minutos de su vida los ha vivido intensamente. Que su historia ya está escrita en fragmentos de viento. Y el viento es eterno. Lo sabe, y se deja llevar por esa brisa.
Respira profundamente. Y le susurra algo a su hijo Ezequiel:

-"Quiero morir con los ojos abiertos, como vi la vida".

Por Diego Cirulli

jueves, 16 de diciembre de 2010

Balada para un tal polo



A Beppo Andrioli

Polo murió un día de locos. Un 22 de Febrero de 2009 cuando el calor pegajoso de la ciudad obligaba al encierro. Su voz de abuelo romántico se había empezado a desafilar, el fueye de su garganta tanguera había perdido estridencia: hacía unos quince días que permanecía enredado en sábanas blancas con un suero pendiendo del aire y ese olor a caldo de sala de internación. Mientras tanto la puerta celeste de su cocina de arte a la orilla del camino del Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero comenzaba a cerrarse para siempre. Los perros, los suyos y de todos, empezaban una triste y prolongada huelga de hambre; los locos, solamente suyos, abandonaban su plegaria vespertina hacia aquel tugurio dónde un viejo sabio les abría las puertas del mundo.
Ningún titular publicó su muerte. Su muerte, en silencio, fue absolutamente coherente con su vida, en silencio, y por ello no existió mención alguna como un guión con perfecta rima teatral, como una metáfora que cierra el telón de la obra.
Beppo corretea por las calles queriendo vencer el olvido. Beppo tiene voz radial, paradójicos bigotes de comisario que no se hallan a tono con su espíritu de joven militante y palabras locuaces. Beppo es Raúl Andrioli, un titiritero y poeta azuleño de algo más de 50 años que migró a La Plata en busca de arte, de confrontación, de ideas alocadas en esa década que la revolución no era una puteada ni un sueño inalcanzable. Ahora, frente al árbol centenario dónde yacen las cenizas de su querido amigo Polo, el gran maestro de teatro, lo despeina esa "brisa de la muerte enamorada" que le arranca los recuerdos de a tirones: " la última vez que hablamos discutimos fuerte. Era aquí mismo, debajo del árbol dónde transcurrieron tantas charlas entrañables, era diciembre de 2008, antes de las fiestas. Hablamos de teatro, de la vida y del olvido... Polo estaba muy obsesionado con la muerte, y discutimos acerca de eso pero como si fuera una gran obra de teatro.Siempre jugando. Siempre" rememora Beppo mientras sus ojos pestañean rápidamente y parecen fabricar alguna lágrima sincera.

Añoranzas al maestro

Polo, por aquellas callecitas que desembocan en galpones pálidos de internación, es palabra mayor. Juan Chávez está sentado con su compañero Horacio en un banco. Pega una honda pitada al cigarrillo y mientras su ojo ciego bailotea en la nada, larga con una voz estropeada de encierro: " yo lo extraño muchas veces, porque charlábamos mucho, nos entretenía mucho...ahora no tenemos con quién charlar" dice Chávez, el preferido de Polo según sus compañeros, en el aire puro de la mañana.

Los locos, sus locos, desheredados de la razón, lo extrañan porque desde aquel verano de 2009 los aplasta el encierro. En sus cuartos o cuarteles numerosos aguardan que algún familiar rompa la rutina con un abrazo de reencuentro. No obstante los almanaques vuelan y ese silencio filoso no hace más que volverlo inmortal a Leopoldo Feudo: su viejo camarada y amigo Polo.
La risa de Horacio suena estruendosa. Una carcajada espaciada y grave que aparece inmediatamente después de sus propios chistes. Él no lo extraña tanto a Polo, pero sí a su teatro, sí a ese teatro que les cocía unas alas para volar como pájaros con su Aroma a Cielo (Obra teatral de Leopoldo Feudo): “Era un escapismo para nosotros. El Teatro es como la libertad, sirve para despertarte del encierro porque ahí adentro- señala con el índice a la fachada del Hospital donde salen y entran enfermeras permanentemente- somos 60 tipos todos juntos. Imagínate” dice Horacio y Juan Chávez, su amigo, afirma con la cabeza.

No se inventaron los líderes en el mundo que gocen de absoluto consenso. Al menos hasta hoy. Sin embargo, dentro de su pequeña isla, Polo naufragó con la brújula apuntado al sur, se convirtió en cacique de su tierra y nadie se atreve, se atrevió y se atreverá a desestimarlo.

- El doctor Egidio Melia, director del Hospital Alejandro Korn, está sentado en su despacho, a la cabecera de la mesa de reuniones. A su lado está la doctora Yeny Rodriguez, quien acompañó a la comisión, liderada por Beppo, que ha venido a pedir permiso para que se recupere el espacio teatral de Polo el próximo 24 de Marzo. El doctor enciende su voz en el auditorio cerrado: “A mí me parece que recuperar el teatro de rehabilitación es fundamental, porque cuando Polo estaba, que habría 200 pacientes internados, 77 fueron marcados como externados, por lo mismo debo remarcar la gran funcionalidad del teatro para la evolución de los pacientes” sintetiza Melia con dicción académica y cierra la reunión con un sí que estalló en abrazos de victoria entre Beppo y su compañera Romina.

La escena posterior transcurre afuera de la dirección del Hospital. Más precisamente a los pies del árbol centenario donde reposa Polo; con un diario encintado que lo recuerda en sepia clavado en el tronco. Beppo camina lentamente, absorto, enajenado del mundo. Mira el cielo, las infinitas ramas y levanta los brazos con un grito mudo de festejo porque cree haberle ganado otro round al olvido. Polo, un poco más arriba, deja caer una hoja de su árbol centenario como señal de agradecimiento por dejarlo dormir en las tumbas de la gloria.

Por Matías Kraber