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Mostrando las entradas etiquetadas como viaje

Tiempos vivos

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Los tiempos de viajes son tiempos vivos. Ahora miro por la ventana del bus y veo un llano verde interminable que funciona como fondo de pantalla mientras mi cabeza monologuea y creo que debo atrapar algunos pensamientos. Casi que cazar mariposas con una red. Los Detectives Salvajes de Bolaños siempre me encienden la prosa, tira un fósforo en el yuyo seco y prende. Avanzo un par de relatos y me ubico yo en esa historia tan llena de pliegues y personajes que ruedan entre el DF y el mundo en derredor de vidas errantes y poéticas. Una milhojas en forma de libro. Arturo Belano y Ulises Lima son los personajes análogos a los de la generación beat de Jack Kerouac al estilo de Dean Moriarthy y Sal. Sujetos cósmicos que se mueven de un lado a otro por la carretera de los Estados Unidos o por ciudades del mundo como Jerusalén o Tel Aviv, Barcelona o el sur de Francia en la vendimia de finales de febrero. Me gusta la idea de novelar cada personaje que conseguí en el camino. Ellos mismos escrib...

El árbol de la sortija

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El árbol está ahí. Existe. Contar su historia es casi un guiño a la mitología, pero es realidad volada. Más lisergica y de cerrar los ojos. El primer argumento es que éramos 4 tipos que riman, que hicimos de esas chispas naturales de la conexión espiritual. No sucede muy seguido, digamos que no sucede casi nunca pero dos por tres la vida nos pone ante esas certezas que son divinas. Rocío, Damián, Emiliano y yo. Cuatro caminantes hacia el cerro cuando el calor cordobés de capilla era una brasa en la espalda. Agua, mochila y provisiones de excursión: una banana, una manzana, cannabis, auriculares, un libro y un abrigo. ¿ Pa qué más? Si la mochila del viajero es el experimento de la síntesis. El campamento indispensable. Lo justo y lo necesario.  Andar liviano y práctico. Empezamos a subir el cerro como la ese de una serpiente, el sendero era aridez de unas rocas que nos empezaban a observar como testigos petrificados. Narices de pájaros andinos, ojos y bocas. Al principio solo eran...

Caminar y derretirse en Santa Marta

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Una mañana de Santa Marta caminamos por el desierto. No lo era pero mientras avanzábamos a paso firme por la costanera de un mar pesquero el sol refractaba y quemaba los pómulos, hervía los pies y secaba la boca de un solo soplido de arena picante.  Sudor sin sombra. Una remera de túnica y una teletransportacion al desierto colombiano pero todo derechito sin curvas al aeropuerto samario donde ningún árbol se asoma, sólo se arriman autos amarillos y nipones queriéndote cobrar  a precio turista gringo y nosotros le decimos que no, que "que mamera, pero somos sudacas", esa plata no la pagamos, a parte sabemos caminar sin miedo como la noche donde confirmamos la máxima de Kerouac con Fer: "las estrellas son palabras", mientras caminamos los pares de kilómetros que separan Icho Cruz de Villa Carlos Paz con tres perros que fueron tres amigos del tiempo: tal vez otro yo's de los nuestros -Richo, Emilio y Emiliano- prendiendo sus linternas en la oscuridad que guía. Des...

Uyuni

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Pisar donde la tierra tiene nervios. No sé. Tierra con latidos. Sobre todo tierra, el hombre creo que viene después. Al igual que el tiempo. Primero habla la pacha con su sapiencia. Ese aletargado tranco sudamericano. Origen. Semilla. Las cholas que tejen con el hilo de la memoria una historia que se escribe a ritmo de hormigas. Vagones de obreros que creen en el poder de la sal. La sal como mineral y como intercambio de saberes. Necesidades elementales. Retroalimentación que comienza con el sol vuelto una brasa y la luna con frío de barracanes exigiendo el fuego prendido. Obligando al reparo de una fogata casa adentro donde arde la hoguera de la memoria. Televisor sudaca. Viaje pa adentro sin retorno.  Matías Kraber

El tiempo del duende

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Siempre pulsando para el viaje que crea, resuelve, inventa, tiende puentes- le dijo el joven al duende. Y el duende asintió. Dijo que sí con la sonrisa. Dijo que sí con su silencio de trébol. Y nosotros somos uno más. Siempre tendido. Silencioso pero real. Tácito y querido. Abracero de palabras, de canciones con chispa, del don de gente sencilla que despierta el compañero y fraterno hasta luego porque siempre nos estaremos reencontrando. En otro carnaval. Total -aún tan cierto como la amistad del cerro y el duende- es que el tiempo está después. Lo escuchaste no? dijo el duende y se fundió con el paisaje verde. Matías Kraber Me gusta

Postal Tayrona

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El arte ahí tiene color esmeralda. Una piedra furiosa que late con sus olas. Unos pájaros que saben reciclar el agua en su pico, y más tarde se van a mirar su propio crepúsculo en la orilla del mar. Unas plantas que emanan espíritu de cambio. Simpleza de norte con energía de mujer. Faros del caribe que prenden sus ojos y quitan sus vendas. Pescadores sentipensantes mostrando los señuelos de la vida con magia. Aquí y ahora un edén que existe. 

Mantra boliviano

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  viajar, viajemos, conozcamos, conozcamosnos  querramos, vivamos, multipliquemos fuego, exploremos, seamos, raices y pajaros, vientos, tierra, mar, rio, piedra y selva,  primos y hermanos amigos de la vida viajeros sobre todo del tiempo, que es arena cuando empieza nosotros El día se fue con un mantra. Se fue desinflando entre el misterio y la nada. Entre el letargo y un vaso de agua con burbujas olvidado debajo de la cama. Ella aparecía entre sollozos: feliz de vida, dando sus primeros sonidos; él le componía una canción al sol. Una canción al sol para ganarle al frío.  Afuera, la noche cayendo como un baldazo helado. Adentro, el hombre inventando menesteres para prender un fuego. Inventar vida en un hueco cotidiano.  Ella abrió la boca y salió una luna compañera. El entendió el mantra: prendió un farol en la oscuridad y los grillos se hicieron aliados de sangre.