Una mañana de nadies
Bajo de un bus de línea en la ancha avenida Libertador y el asfalto está mojadísimo. Es temprano: las 8 de un sábado y Buenos Aires amanece gélido. Los colectivos doblan por esta ancha avenida y parecen venirse encima. Por el sendero del parque, a mi derecha, hay dos pibes de unos veintitantos que se frotan las manos y luego encienden un porro que huele a tres metros a la redonda. Baranda a yerba rancia que se quema. Yo, camino siempre atento: las manos en los bolsillos y la mirada entre líneas bajo la llovizna. Después sigo y descubro el Sheraton con sus insignias en rojo allá arriba de un rascacielos que se incrusta en el medio de la desidia de este pedazo de ciudad que se llama Retiro dentro de la gran urbe que se llama Capital Federal. Atravieso la cuadra del Hotel y bajo en dirección a la terminal de ómnibus. Algunos transeúntes caminan con sus paraguas. Pasa un señor de sesenta y bigotes que vende chipá:” chipa, chipa”, repite sin acento mientras lleva en su cabeza una compoter...