La soledad de una noche lluviosa
Crónica de la noche platense La noche era fría y solitaria. Una suave viento movía las persianas de los locales cerrados del centro platense. Sólo los faroles de la vía pública y de unos pocos bares que estaban abiertos iluminaban las veredas, donde los vendedores ambulantes empezaban a levantar su mercadería que estaba exhibida en el piso. - Esto está muerto, che… No anda nadie… - y moviendo la cabeza hacia ambos lados comenzó a doblar el paño en el que había desplegado sus artesanías. La calle, que de día se llenaba de gente que pasea, compra o, simplemente, pasa, era ahora un paseo de persianas de hierro hasta el piso, candados en las puertas y oscuridad. Sólo una vidriera conservaba las luces encendidas: la juguetería que anunciaba con carteles de colores la proximidad del Día del Niño. Sólo una esquina daba señales de actividad a esa hora. Muchos jóvenes y familias había elegido McDonald’s para salir a cenar. Afuera, sobre la ventanilla donde se despachaban helados, cuatro person...