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Un dial

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Sí, al final estabas en un asiento. En uno de esos colectivos de choferes renegados que se cansan de pisar el mismo asfalto y en apariencia estos coches o éstos trances tienen más de previsibilidad que de sorpresa. Pero no, ahí estaba la sorpresa: siempre tan camuflada de común o de todos los días. A veces me parece que el tiempo real es el de los latidos. Latidos con otro golpe, latidos como bombos legueros que trazan mojones etéreos por dónde los clicks son bisagras para si empre. Verdades que se hamacan entre el pecho y los intestinos. Creo que éstas palabras las tendría que haber escrito ese día, pienso. Me reprocho. Ese otro yo con varios años menos, algunos brotes de acné que aún estaban en mis cachetes, pero después me digo que no, qué cómo hubiese podido si era un sueñero de cabotaje y los 50 kilómetros en autopista eran sólo 50 kilómetros por autopista. Luces que encandilaban para otras latitudes donde los pies estaban más sobre un mar de cemento y algunos cristales r...

La puerta del olvido

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Esa puerta siempre estuvo cerrada. Hermética madera donde no suenan nudillos ni llegan los sobres a deslizarse debajo. Alguna vez habrá recibido una carta? Alguna vez habrá sentido las risas en coro de una tertulia de amigos o el placer en sonido viniendo de un cuarto? Mmm, Lo dudo. Una puerta cerrada al fin de cuentas es una puerta cerrada.  Los postigos se quejan porque sienten su engranaje ya como el cemento, nunca giran ni pendulan con el viento y eso, según la familia de  los postigos, es su momento más sublime. Casi que su razón de ser: aletear con el viento y rozar la pared, sentir las manos del dueño que a la hora de la aurora y el ocaso es un titiritero que las mueve, las sujeta con un gancho en sus extremos contiguos.  Sin embargo ahí están ellos duros como una formación militar, casi que emulando a la pared.  Dicen que alguna vez fueron celestes y ahora son grises como el hormigón del asfalto o este cielo lloroso de días de lluvia.  Un chico se arrimó...

Besos caracoles

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Hay besos que son como una obra de arte: paciencia quirúrgica en un beso. Cámara lenta, el tiempo del caracol pero en un beso. Un beso como el molino de una brisa. Pequeño viento y dos peces que andan en el viceversa perfecto del deseo consumado que se vuelve tantra: sinfín. Colchón de labios que son besos como este, ahora, en un banco de cemento ellos se besan y se tragan la tormenta dulcemente.  Matías Kraber 

Calesita Buenos Aires

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Creo que me escapé de Buenos Aires. En realidad no se trata de escapar, sino de probar y definir por pura praxis. Aunque la sensación sea irse como vomitado por las luces. Un insecto que se muda eyectado tras un estornudo furioso que lo escupe por un río que conduce a la cascada. Primero el fango y después el cristal del agua mineral.   Después de haber probado el mar tibio, otros climas, nuevas faunas y más historias el camino guiña el ojo a más camino. Y el que probó se jode porque tiene esa sed que no se calma ni con la mejor limonada de soda y limón. Es la sed, esa que el agua no cura.   Así que un día me fui, apuré el tranco, definí que mi vida pasaría por otros rieles. Ojo, lo intenté. Estuve. Pisé sus calles, me metí en sus callejones, en sus mesas chicas, así como en sus barrios primer mundo. Arrabal, hotel 5 estrellas, Francia y España, el Congreso,  comida peruana y Palacio Barolo,música electrónica, Caballito y Hollywood o el suburbio de las estaciones. C...

Azul y oro en Tapalqué

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Azul y amarillo la cancha. Nunca fui de Boca, aunque en mis relatos siempre esté más presente que River. Pero el guiño del color está a 50 kilómetros de mi pueblo General Alvear: Tapalquén, un nombre mapuche pampa que sigue firme en la identidad de otro pueblo que está en mi ADN, desde el día que me puse esos colores.  Fue una mañana fría como el iglú -10 AM y Cerrito al tresmilypico en una ciudad cementera que está dentro de un pozo que congela- cuando nos cambiábamos en el vestuario de la Cancha de Racing de Olavarría que es un predio polideportivo con tribunas como de primera A. Rubino, don Aldo, estaba en la comisión directiva y en ese début me tocó la 9 que alguna vez él inmortalizó en torneos zonales que los futboleros de antaño tapalqueneros recuerdan con un sabor nostalgioso del buen vino en el estaño del club mientras suenan las copas con las bolas de billar. " Qué jugador, el Aldo... como saltaba a cabecear", y el Aldo que sonríe con humildad mientras camina por e...

Calle 63

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Cuando te pica la mano. Una cosquilla adentro, algo que raspa, un nervio que se hincha con la humedad pareciera.  Escribir para arrimarse a un otro: cualquiera que sea.  Este hombre que recorrió el campo temprano y llega al rancho a tomarse un mate mientras suena la hondura del silencio. Esa mujer, que piensa en los viajes y en las letras, que nunca está quieta y de repente lee. Lee y su alma parece flotar en el dique de San Juan. Se convierte en un velero que sigue el curso  del viento norte. Este amigo que se alista, se acomoda para salir al trabajo, piensa en la fatiga de la rutina pero por suerte tiene el don de capturar la chispa de un instante: una frase que lo despabila como el agua helada de la canilla a la mañana. Sabe que los días son largos pero hay palabras como semillas que germinan adentro y eso, eso amigo, eso es lo más importante.  Un señor, un señor de párpados pesados, sentado en la mecedora de su balcón parece un pájaro que medita en su propia jaul...

El árbol de la sortija

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El árbol está ahí. Existe. Contar su historia es casi un guiño a la mitología, pero es realidad volada. Más lisergica y de cerrar los ojos. El primer argumento es que éramos 4 tipos que riman, que hicimos de esas chispas naturales de la conexión espiritual. No sucede muy seguido, digamos que no sucede casi nunca pero dos por tres la vida nos pone ante esas certezas que son divinas. Rocío, Damián, Emiliano y yo. Cuatro caminantes hacia el cerro cuando el calor cordobés de capilla era una brasa en la espalda. Agua, mochila y provisiones de excursión: una banana, una manzana, cannabis, auriculares, un libro y un abrigo. ¿ Pa qué más? Si la mochila del viajero es el experimento de la síntesis. El campamento indispensable. Lo justo y lo necesario.  Andar liviano y práctico. Empezamos a subir el cerro como la ese de una serpiente, el sendero era aridez de unas rocas que nos empezaban a observar como testigos petrificados. Narices de pájaros andinos, ojos y bocas. Al principio solo eran...