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El centro de la verdad

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Un solo de trompeta contra la eternidad. Ese boop de los negros que se plantan en la proa del escenario y empiezan a largar melodías de bronce como un instinto de supervivencia. Un soplido negro que va del alma a la boca, una boca que se hincha, se deforma, y va diciendo. Te va cantando la justa. Un rapeo pero en clave de sol de trompeta. Un jazzeo natural que es el arte de la improvisación de la vida misma. Jack Kerouac aprendió a escribir así su prosa espontánea: sus libros son diamantes telepáticos. Una frase que dispara hacia un centro y todo el tiempo hay un centro. La trama es la vida misma, no el desenlace. El desenlace es casi el cliché del éxito, y lo importante siempre está en el medio como una fuerza hipnótica que conduce hacia la médula del sonido y la sensación de que la esencia siempre está ahí como un hombre alumbrando la oscuridad con una luz portátil.  Kerouac camina por un sendero fangoso camino a Big Sur y sólo tiene una linterna. Las estrellas están ta...

"El poeta de la derecha"

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El arquero es el batero y el dos es el bajo. Ellos son la garantía del fondo, de lo que implica: salir limpio, agarrar agua desde la fuente misma que más arriba se potabiliza en fútbol natural de manantial. El ritmo que comienza desde esa vertiente después es vital en la mitad de la cancha: donde espera un 5 que puede ser un hacha brava que se la pasa al 10 como un ferretero que te da un tornillo o la elegancia de Francia de un buen pase que también puede saltar al creativo de adelante y sorprender con un cambio de frente quirúrgico al pecho del wing que hizo la diagonal o un tiro de afuera que se mete por una ratonera.  Después necesitamos un 9, un optimista con credencial Palermeana en este sindicato del perro de caza de gol que trazó para siempre Martín desde el 98 con Bianchi. Obvio que El Bati -a los que somos de la generación X- nos marcó a fuego. Yo llegué a tener más de 5 posters con Gabriel Omar vistiendo camiseta de la Fiore, de Newells, de Boca -con la firma Sevel e...

Un tren del Once

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El túnel se hacía eterno, mis piernas cansadas al ritmo de aquellos que rondan aquí y allá en el monte de hormigones salvajes. El reloj lanzaba las 22hs., horario en que mi espalda y hombros sólo querían retozar.De repente, todo aquel dolor que retorcía mi cuerpo se esfumó por las paredes de estación Once. ¡Levantate pibe! le decía un poli a un guachín de no más de 11 años. El pibito se encontraba desmayado, desorbitado… junto a otros dos que se acurrucaban en el piso helado. La vidriera del caos me incitaba a asaltar aquella imagen ¿Pero qué podía hacer yo por aquellos que viajaban en una nave muy diferente a la mía? Sólo pude capturar esa foto mental y guardarla en la retina memoriosa y adelantarme hasta el andén número 1. Once es maravilloso, más cuando lo nocturno recae en las almas desencantadas, aquellas que intentan transformar por 20 o 30 minutos el transcurrir diario. El cartel electrónico indicaba las 22:10; me apresuré hacia el furgón. Cuando uno entr...

El mar de la memoria

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La memoria es una gimnasia que se ejerce contra la ley de gravedad. La caída, el olvido, la fuga, la pérdida. La memoria está ahí como un buzo que se sumerge en el fondo del mar y se choca con los peces de colores, los tiburones o los pulpos. Ingresa al fondo y entiende que hay otras vidas, muchas, incluso otro mundo dentro del mundo que habitamos los humanos. 

Bacci es también morfar la historia

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Sobre un plato de cocina italiana una postal de la vida misma. Giros de historias sobre una pizza que chorrea una muzza transpirada, la soda para suavizar el moscato, el cuchillo y el tenedor, el hombre que come solo y no espera.   Había escrito un comienzo sobre este epicentro platense que debe arañar los 70 años de vigencia por La diagonal 79. Pizzería al paso de los comensales futboleros del pincha o el lobo que vuelven de partidos en 1  y 57 o 60 y 119. 

Tucumán

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No usar papel rayado para escribir. Saltearse los casilleros y tocar el cielo de una. Después del cielo volver a la tierra como por un tobogán existencial que no deja de ser una montaña rusa. Dientes apretados como la actitud del cholo ante un clásico con Brasil. Marcas de guerra y las kriptónitas que todos tenemos. El lado frágil como una caja llena de cristales o el coraje del gaucho cojudo que encara palante como un toro. El ying y el yang, la dualidad en su máxima expresión: “la luna también te aluna”, me dijo una vez una mujer sabia. La luna, el blanco del poeta, también te puede meter en un fango en el que salimos un poco cabreados o con la mansedumbre de quien metió los dedos en el enchufe. Las recetas no existen. O si existen también queman por su postura sabelotodo de anticiparse   a la jugada y la experiencia es el peine que te acercan cuando ya estás pelado.   El riesgo, la adrenalina, esos "barcos que viajan de país en país mientras la luna no siempre es la...

Escribir andando

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(Al pancho Márquez, con cariño) Escribir como sea. Escribir de a ratos. Fragmentos, pedazos, algo. "Aunque sea una carta a la novia por día", decía un profe de la escritura. Hace más de un mes que no tengo compu y escribo de un chorro, cuando puedo y en cualquier circunstancia como si estuviera a bordo de un micro que avanza como un yacaré en las rutas de tierras bolivianas. Sigo, escribo y sigo.  La escritura en el camino es la forma. O al menos la mía. No me gusta pensar que el que lee, ese lector del otro lado, me imagine sentado en un escritorio y envuelto en paredes fijas. No. Prefiero el movimiento. La picazón del movimiento. Las palabras que se enhebran con los kilómetros recorridos entre mi casa y el bus Norte Azul al laburo cualquier mañana de otoño o yo montado en un avión que va al Aeropuerto de Barajas en Madrid desde Santiago de Chile, que cruza ese montón de montañas blancas-chocolate de la Cordillera de los Andes para después atravesar el Atlántico hasta la ...