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El yin salvaje

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El caballo  salvaje  No sabe:  del ring ni del yang, El  yin y   el  tic tac; El caballo  salvaje, Es  el  viraje de la marea  La luna en su eclipse El  zar de la suerte  Y  el  par de los tríos  Madera, metal  El  hastío  La sal, tu humedad  Los bríos del río,  El  yunque en tu pelo  Los labios,  el  deseo  El  látigo,  el  galope Los besos, desierto  Un box de la duda El  Zen, la autoayuda Caracoles sin prisa  Y la sombra huidiza. Los ojos,  el  tiempo  Cenotes ahí viendo  El  agua, las almas  El  viento que va pedaleando  Amarras, las clinas  La marcha felina  Del ciento por ciento  Tu viaje  MK

Una mañana de nadies

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Bajo de un bus de línea en la ancha avenida Libertador y el asfalto está mojadísimo. Es temprano: las 8 de un sábado y Buenos Aires amanece gélido. Los colectivos doblan por esta ancha avenida y parecen venirse encima. Por el sendero del parque, a mi derecha, hay dos pibes de unos veintitantos que se frotan las manos y luego encienden un porro que huele a tres metros a la redonda. Baranda a yerba rancia que se quema. Yo, camino siempre atento: las manos en los bolsillos y la mirada entre líneas bajo la llovizna. Después sigo y descubro el Sheraton con sus insignias en rojo allá arriba de un rascacielos que se incrusta en el medio de la desidia de este pedazo de ciudad que se llama Retiro dentro de la gran urbe que se llama Capital Federal. Atravieso la cuadra del Hotel y bajo en dirección a la terminal de ómnibus. Algunos transeúntes caminan con sus paraguas. Pasa un señor de sesenta y bigotes que vende chipá:” chipa, chipa”, repite sin acento mientras lleva en su cabeza una compoter...

Oda a la chuleta

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Oda a la chuleta. Sí, a un pedazo de carne con hueso que tal vez rebele a más de un vegetariano detrás de la pantalla. Pero voy a reivindicar ese corte que está justo encima de las costillas de la vaca. Un trozo rojo de res que el carnicero hace trizas con su sierra para luego pesarla y meterla en la bolsa. Oda a la chuleta. Al pedazo de carne arriba de la plancha que emite un silbido lento, y se  transforma en el humo de la cocina o en ese olor marrón de la carne cocida. Oda a la chuleta. A esa laguna de jugo que es un rojo color tierra y se moja con el pan para desaparecer enseguida como el caracú en el osobuco. Chuleta o Xulleta en Valenciano o Xulle en Catalán. La tradición parece cruzar en barco desde el mediterráneo a tu mesa. Llegó para quedarse. Vuelta y vuelta, después de ese paraíso del silbido que anticipa lo que viene. Una chuleta, jugosa, con un toque de chimi de tomate picante y un puré al lado como el socio compinche que te asegura el triunfo. M.K

El frío según los pingüinos

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Jamás me gustó el invierno. Nunca le encontré demasiado sentido a esas mañanas gélidas en las que salir de la cama es un servicio militar obligatorio. No. Tampoco a cerrar la llave de agua caliente cuando estamos a gusto bajo la lluvia cantando una ópera. No. Sin embargo, ciertos domingos, o el gesto heroico de meterse adentro de la catrera y con la mano izquierda dejarnos tapar por esa ola de frazadas, es hermoso. Son ápices geniales del invierno. Nuestra posibilidad de cont ragolpearlo de visitante. Mi viejo, en cambio, era un tipo del invierno. Lo disfrutaba. Lo esperaba para combatirlo con una buseca poderosa que se convertía en otra pócima de felicidad. O lo aguardaba con el bote enganchado a la chata, para partir de madrugada a lagunas escarchadas de la Provincia de Bs. As a pescar pejerreyes con sus amigos, sentados en el bote mientras apenas balbuceaba la radio AM para no espantar a los peces. Yo creo que el invierno es una novela rusa. Es el hombre frente a la guerra...

Más lento, imposible

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Me gusta la magia de cerca. Lenta y efectiva. Un viajero con un pequeño maletín que es una guitarra, unos anteojos, algunos papeles, un pedal, una caja de fósforos y nada más. El rengueo de una guitarra que parece que perece pero vive todo el tiempo en lo que no dice más de en lo que dice. Un subterráneo para los que entienden el silencio y ahí, en ese iceberg de Río de La Plata, se oye hasta Eduardo Mateo tirando un coro o una percusión afro del candombe que se funde con el  chorus de los 70 cuando el joven aprendiz de cantor y poeta comenzó a hacer de las suyas. En un barrio de adoquines, con el temple de un tren que ya no pasa pero que revivió en cultura de vecinos ferroviarios, con esas callecitas que encajan en sus canciones imperfectas. Fernando Cabrera es el autor de canciones que rompen con todo lo previsible y funda, sin querer queriendo, una piedra fundamental para el músico con sed de poesía esencial. Purga en cada verso ese hollín existencial que se te cruza por l...

La nave de Radiohead

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Ver una banda por primera vez es entender al artista con su obra. Esa columna vertebral que es la trayectoria. El punto de inicio, el nudo, el desenlace. De Pablo Honey a Ok Computer, o The Bends a Kid A o de Amnesiac a In Rainbows o The King of limbs al reciente Moon shaped pool. Pero en el medio, el intemporal ahora, Radiohead es un éter. Un presente infinito y perfecto que se reinventa todo el tiempo sin dejar de aportar cimientos y turbinas a eso que llamaron radio en la cabeza y tiene el logo de un ratón cósmico. "Loco, es Radiohead", decía Mario de Bahía y exageraba el ingles argento para que suene a la posta: "Che boludo, esto es único. Rescatate". Y sí, nosotros éramos un grupo de amigos de 12 personas que formábamos un árbol tan lisergico como los que propone la banda en sus visuales. Todos en distintas ramas, distintos puestos y cada uno la intensidad de su raíz conectada con la música de esos 5 tipos y un chaman que son un especie de p...

Domingo de carrera

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Eran la 1 de la tarde y el peor sonido de todos venía de una radio portátil del vecino de al lado: un pequeño sintonizador negro que transmitía la carrera del TC con ese bufido de los autos en el cemento de la pista: Olavarría o Balcarce o Córdoba. Nunca me gustó el TC, jamás. Mientras, que en otras mañanas de domingo en el pueblo se juntaba con el mujido de las vacas de la feria de Remates y se oía el andar de las cafeteras de una competencia más regional y el sonido emulaba a un enjambre de abejas enojadas. Dos despertadores bajoneros, a decir verdad.  El auto con ese chirrido de los neumáticos en el asfalto, esa línea recta a toda velocidad y el rebaje posterior para la curva.  Las carreras de autos, son un fiasco. No sé, no me gustan ni me gustarán. Sé que hay familias enteras que aún tienen discusiones acaloradas sobre Ford y Chevrolet con modelos que son de la década del 60 y me parece una costumbre exótica que me infunde respeto porque han sabido conservarse sobre...