El sabor violáceo del tango

Su señora Marta dormía con un ronquido quedo a las cuatro de la mañana. Él -don Roberto- madrugó antes del primer canto del gallo de la vecina, se sentó en la cama algunos minutos y luego caminó lento hasta el ropero antiguo de madera donde estaba el camisolín y su camisa escocesa de colores azules y blancos.
Se vistió y caminó sigiloso hasta la cocina para evitar que el ruido del viejo parquet no despertara a su mujer. Era viernes y el viento golpeaba la puerta de chapa del patio que comunicaba con la granja avícola de Doña Esther, la viuda de Soria, la que además de criar animales se las ingeniaba en su máquina de cocer para ganarse unos mangos.
Don Roberto se sentó en la cocina debajo del tubo blanco de luz, y su silueta - cada vez más delgada- se dibujaba como una sombra en la pared descascarada cubierta de fotos de nietos y adornos de ciudades turísticas: Mar del Plata, San Clemente, Puerto Madryn, San Miguel de Tucumán, Salta, Humahuaca.
Prendió la radio y ubicó la perilla del dial en una AM que comenzaba la mañana con un par de tangos del polaco y de Julio Sosa:
" si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
pa'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión"... Mano a Mano, de Celedonio Flores
Cantó la Spica y antes de sentarse fue hasta a la alacena donde detrás de las cajas de arroz había una botella de vino. Bien tapada y siempre en algún rincón. El enigma que le pertenecía, algo tan propio de él y de su silencio. Una suerte de pacto entre el hombre y las paredes.

Seis vasos de tinto se fueron mientras el tango lo transportaba a su cabina cuadrada con destino Cañuelas, después de dejar atrás Micheo, Saladillo, Del Carril, Roque Pérez y Lobos con la spica salpicando recuerdos y el traqueteo del tren como dos mariposas en las orejas.
El reloj cantaba como un grillo en la soledad del pueblo recién color naranja. Y se hicieron las nueve del viernes y el viejo fue hasta el baño a quitarse las manchas violetas del labio y ese aliento tibio del vino, antes de que Marta se levante.
- ¿Qué haces viejo? - refregándose los ojos, le gritó desde el baño.
- Nada, espero que se hagan las diez para pasar por el club- dijo él, pegado a la mesada, con la voz resbalosa como un piso recién encerado, mientras cebaba un mate espumoso con la pava calentándose a fuego lento-.
- No vino la Juana para salir a caminar, ¿no?
- Yo no oí la puerta, vieja. Vení a tomarte un mate- doña Marta se arrimó a la cocina con lentitud, como si tuviese los tobillos atados a una plomada, y lo miró desconfiada achinando los ojos-.

- No, vieja. Me levanté a escuchar mi programa de tango con unos buenos mates…nada más.
Doña Marta caminó con la boca trompuda, renegando de lo inevitable: las borracheras cotidianas de su marido que aunque sus órganos ya estaban en huelga, seguía el hábito religioso de chupar sus litros de alcohol.
Igual, ella creía en las promesas. En el fondo creía. Algo le decía que abandonaría el vino como abandonó su barrio de Lomas de Zamora cuando las vías alcanzaron a instalarse en General Alvear: un pueblo de 10000 habitantes, situado en un pozo de la pampa húmeda, en el centro de la Provincia de Buenos Aires.
Pero la quietud lo mataba. Los molinos del tiempo y el silencio del ferrocarril lo atrapaban en cuatro paredes o en una botella de vino, mientras sonaban tangos o jugaba un truco en el boliche.
Él no sabía, no encontraba el sitio o el lugar donde depositar su alegría. Los buscaba - o al menos eso creía- pero en el fondo nunca terminaba por matar la opresión del silencio solitario del pueblo. Sí podía amortiguar las horas con su vaso de tinto, sujetando cuatro cartas con la mano derecha mientras rogaba con que algún órdago le permitiera unos centavos para otro trago. Pero después de esos minutos de espuma, caminaba hasta a su casa chorreando tristeza, con el hombro derecho pegado a las paredes blancas de las casas.

El viejo aborrecía eso. El chusmerío, la envidia, la paja en el ojo ajeno, la cadena informativa clandestina de las señoras del barrio sobre vidas ajenas. Cada vez que ellas se detenían en las puertas a murmurar una serie de informaciones de dudosa procedencia, él se tomaba el buque. Portazo y al club, o visitas a esos pocos lugares -contado con los dedos de una mano- dónde alguien lo esperaba con un mate. O con un vino en el mejor de sus casos.
Él prefería hablar de Perón, de sus viajes en tren y evocar épocas gloriosas de su Ferrocarril Oeste; pero el tabú de acero de la política, los pocos románticos futboleros y los contados vecinos del pueblo que deambularon en tren: le cocían la boca para que no le digan "andá viejo nostálgico" los muchachos del mus.
Entonces él se callaba y se tragaba esos recuerdos para sus madrugadas de vino y tango en la mesa de la cocina.
Aquella noche soñó profundo y disfrutó un viaje en tren hasta Cañuelas. Iba con su chaqueta verde, una gorra vasca que usaba de cabala y la Spica cantándole un tango. Recorrió kilómetros con una felicidad infinita, frenando de tanto en tanto a cargar pasajeros y charlando de fútbol con algún extraño que se arrimaba a intercambiar palabras. El sueño duró minutos, y cuando despertó tenía la boca gomosa y amarga. Miró la noche nebulosa por la ventana y se levantó con los ojos vidriosos a realizar su caminito de vaca: a la cocina, a la alacena, para luego echarse en la silla de la cocina a escuchar tango con su vaso color sangre espesa arriba de la mesa.
El líquido corrió como lava volcánica. Un runrún y algo quemando por las tuberías. Igual, él siguió más lento con una puntada ácida en el centro del estómago. Para ahuyentar el dolor cerró los ojos y ahí volvió a la cabina con su spica y la vista en el horizonte mientras el tren traqueteaba y lo alejaba del pueblo.
Bebía con una sonrisa ancha en la cara, y el tango de vieja guardia le movía los vagones llevándolo en dirección a Cañuelas. Pasó varios parajes y al unísono la botella disminuía como los troncos en la caldera de la locomotora. Don Roberto continuaba su viaje de maquinista: saboreaba el tango como comiendo un puchero de su madre hasta que desde su puesto vio el letrero blanco y negro con el nombre de Cañuelas. Frenó la locomotora, sintió que los ojos se le cerraban de un tirón y en la misma estrofa el polaco dijo en la spica: “la curda que al final, termine la función, corriéndole un telón al corazón”, cuando Roberto cayó en el piso con un estruendo tan grave que levantó a doña Marta de la cama, mientras el bandoneón cerró la escena con un chan chan de funeral.
http://www.youtube.com/watch?v=9x4k3QVuwbc
Por Matías Kraber
Comentarios
PARA COMER¡¡¡...LUEGO EL TREN ENTRABA AL ANDEN ...PANADEROS VOLANDO DENTRO DEL VAGON...ALGUN PAISANO CANTABA Y PASABA LA GORRA...YA VENIA ...BARRANCOSA...MICHEO Y LUEGO ALVEAR...AHI ESTABA EL ABUELO Y EL TIO TATO CON SUS TAXI...UN FORD A CELESTE DEL ABUELO...UN DODGE CON CAPOTA EL DEL TIO...FELICIDAD TOTAL...LLEGAMOS A ALVEAR...CON SUS CALLES DE ARENA...LOS SAPOS EN EL FAROL DE LA ESQUINA...EL TIO QUE NOS LLEVABA EN SU COCHE...QUE FELICIDAD LA DE MI NIÑEZ ...COMPARTIR LAS HORAS AHI...UN ABRAZO ENORMEEEEE...OMAR...SIERRA DE LA VENTANA BA
seguí contando que se pone bueno ésto: Qué cantaban los paisanos?, qué época era la que relatas?, Cómo eran éstos pueblos bonaerenses con el tren?, cómo era un viaje en tren?
Grande Omar, gracias por el comentario porque pinta una época tuya y de tantos...