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La frágil vasija

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En una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon (Bodishattva de la compasión), con la altura de una niña de doce años. Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve: El cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí. De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica. Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al costado de la calle. Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los fragmentos de cerámica relu...

Un día en la vida del cazador

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Bebí de un sorbo lo que quedaba de ginebra en el vaso y agarré los naipes. Una densa niebla de tabaco invadía el lugar. De lejos sonaba el partido entre Gimnasia y Belgrano en la transmisión de la televisión pública. Iban 0 a 0. Un bodrio. “Todo está bien”, me dije. Eran las 9 de la noche y estábamos sentados jugando al truco en la sala de juegos detrás de la barra del club. Afuera: una niebla silenciosa comenzaba a teñir de blanco el verde de las veredas. - ¡Envido che!- Dijo Roberto exaltado.   Arqueó sus cejas como si tuviera en sus manos el billete ganador de la lotería. Ya todos lo conocíamos, sabíamos que su exaltación siempre era índice de una gran mano. – Guarda que tengo más que las viejas eh…- soltó con sarcasmo entre dientes para persuadir. El muy pillo era pie y quería robarse los puntos del tanto. Mi compañero Yiyo, me miró y cerró sus ojos. En esta me dejaba solo. Miré los porotos y estábamos lejos. Acto seguido, levanté la vista ...

Y si viene la noche

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Y si venís con ese viento mejor que sea con ese viento que hasta lava lágrimas de metal fundido Canjea arcilla por gotas pequeñas gotas como brotes de suertecitas.  Y si venís con esa risa que sea un caracol de agua tragamonedas de angustias Y si venís con ese sol (aunque pequeño sol)  seque los trapos que también deberían tirarse le dé un avioncito dulce a tus labios una canilla que respira profundo

El rey del bife

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Crónica de un mediodía en Pehuajó, Provincia de Buenos Aires.  Se escucha el cotorrerío y no es una metáfora de viejas que entretejen información. No.  Son cotorritas verdes que pueden estar en Misiones pero sin embargo sobrevuelan por las palmeras de la plaza principal en ésta planicie de la cuenca del salado, 365 kilómetros al noroeste y pampa adentro de Buenos Aires. Es Pehuajó el sitio que me refiero, el lugar donde Manuelita la tortuga de María Elena Walsh vivió y hoy luce descolorida en una plaza de las circunvalaciones o una tierra de llanura con 31.533 habitantes según el censo de 2010 que en boca de pehuajenses la cifra estima unos 50.000 en 2015.

Un viaje al fútbol de la selva

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Un viaje a las entrañas de las yungas afrobolivianas donde el equipo de fútbol Chaco Tocaña nos muestra los lazos que unen a la tradición negra con la pasión futbolera Primero ellos llegaron a Potosí. Ellos,  esclavos de África que vinieron a Bolivia cruzando el mar para trabajar en las minas de plata donde manda el tío Sumaj Orko a 4500 msnm. De Angola, Camerún y Mozambique a la fiebre del estaño y la plata. Sin embargo el trabajo duro en un clima hostil los comenzó a diezmar y los sobrevivientes decidieron levantar campamento. Así fue que siguieron por otra ruta, a tranco lento, hasta toparse con el verde subtropical de las yungas paceñas donde se hallaban las fincas de los españoles prometiendo trabajo y ellos prefirieron empezar ahicito mismo de cero. Se mezclaron con criollos y Aymaras en Tocaña: un pequeño pueblo entre nubes, árboles frutales y aves exóticas que pertenece a Coroico – y es a unos 50 minutos por camino de tierra- donde comienza a roda...

Un dial

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Sí, al final estabas en un asiento. En uno de esos colectivos de choferes renegados que se cansan de pisar el mismo asfalto y en apariencia estos coches o éstos trances tienen más de previsibilidad que de sorpresa. Pero no, ahí estaba la sorpresa: siempre tan camuflada de común o de todos los días. A veces me parece que el tiempo real es el de los latidos. Latidos con otro golpe, latidos como bombos legueros que trazan mojones etéreos por dónde los clicks son bisagras para si empre. Verdades que se hamacan entre el pecho y los intestinos. Creo que éstas palabras las tendría que haber escrito ese día, pienso. Me reprocho. Ese otro yo con varios años menos, algunos brotes de acné que aún estaban en mis cachetes, pero después me digo que no, qué cómo hubiese podido si era un sueñero de cabotaje y los 50 kilómetros en autopista eran sólo 50 kilómetros por autopista. Luces que encandilaban para otras latitudes donde los pies estaban más sobre un mar de cemento y algunos cristales r...

La puerta del olvido

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Esa puerta siempre estuvo cerrada. Hermética madera donde no suenan nudillos ni llegan los sobres a deslizarse debajo. Alguna vez habrá recibido una carta? Alguna vez habrá sentido las risas en coro de una tertulia de amigos o el placer en sonido viniendo de un cuarto? Mmm, Lo dudo. Una puerta cerrada al fin de cuentas es una puerta cerrada.  Los postigos se quejan porque sienten su engranaje ya como el cemento, nunca giran ni pendulan con el viento y eso, según la familia de  los postigos, es su momento más sublime. Casi que su razón de ser: aletear con el viento y rozar la pared, sentir las manos del dueño que a la hora de la aurora y el ocaso es un titiritero que las mueve, las sujeta con un gancho en sus extremos contiguos.  Sin embargo ahí están ellos duros como una formación militar, casi que emulando a la pared.  Dicen que alguna vez fueron celestes y ahora son grises como el hormigón del asfalto o este cielo lloroso de días de lluvia.  Un chico se arrimó...