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Pliegues

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El tiempo tiene pliegues. Sí, relieves en los que entran años o se amontonan eras. No como ocurrió en San Juan cuando el guía del Valle de la Luna en Ischigualasto nos mostró la cronología humana en la piedra fósil para entender que en este desierto cuyano antes existió un mar frondoso que se secó y empujó la Cordillera de los Andes hacia el lado del pacífico. - ¿Sabés lo que significa la complejidad?- me semblantea Manuel, petiso y el rostro rosado como el vino rosado, con su sombrero de llanero mientras toma un Café afuera de una librería de Chapinero en Bogotá y sus ojos están bien despiertos - ¿Qué significa?- sin arriesgar, me hago el otario y le pregunto con curiosidad - Que tiene pliegues. Una historia no es llana. No es lineal. Tiene sus ramificaciones que la hacen compleja. - Claro, totalmente- le respondo mientras el cielo bogotano comienza a llover y nos refugiamos en un toldo para fumar un cigarro que nos mantiene en la espera. Aguardamos y mientras aguardamos –Manuel una ...

La pesca del silencio

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La inspiración no es un pájaro que te picotea la cabeza cuando dormís y eyectado hacia al sillón te atornillas a escribir lo que te sopla la oniria o la lucidez del entresueño. Entrelínea de dimensiones. No. Hay momentos sublimes así pero son contados con los dedos de una mano. La mayoría de las veces hay que prepararse como quién va a pescar o a cazar: botas de goma o zapatillas 4 x 4, rompe vientos, repelentes para mosquitos, la silla cómoda tipo director de cine, el mate,  algún yuyo o brebaje lubricante y la caña con el reel. Después, el silbido de la tanza que se desliza como una yarará por el aire hasta el glup de aterrizar en el fondo del arroyo. La plomada en el agua que rompe la gravedad. Giras la manivela y recoges tanza para que quede más tirante la línea ante el eventual sacudón de un pez. Filosofía de la espera. Estar ahí, quieto o casi, conectado con el universo, los pájaros que envuelven el paisaje con sus cantos en sincronía, las chicharras que tala...

Marty Mc Fly y yo

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La imagen me representa. Sí, me zarpé. Me fui a la mierda. Me cebé y estoy fuera de contexto , ¿Para qué me invitan?, "Bueno, che, me dejé llevar".  Marty Mc Fly es como un padre nuestro. Pero no el “que estás en los cielos”. De hecho su alter ego, Michael Fox, sigue vivo con su cara de niño eterno pero resguardado de la gran chimenea cultural yankee por su mal de parkinson desde el ingreso al nuevo milenio.  Fue en 1991 cuando le diagnosticaron la enfermedad, sin embargo la reconoció 9 años más tarde cuando los síntomas fueron más notorios.  La puerta no ficción del tiempo en Fox fue casi un paralelo del astronauta Neil Amstrong. Después del futuro, el silencio. Pero Marty es el símbolo de un enlace de generaciones. Un médium en patineta que vino del tren a los videojuegos.   De la X a la millenial.   Fue el irreverente de guitarra eléctrica que le sopló el beat al primo de Chuck Berry para acercarle la chispa del rock and roll por teléfono al autor ne...

33 de visitante

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La edad de cristo no es fácil. Tampoco creo que será mi cruz. No vi la muerte en el ojo de una bruja pero no la veo a dos cuadras a la redonda. No la veo desde este balcón que da a calle 63: un portón del Instituto de Menores donde bajan pibes encapuchados con las manos esposadas y escoltados por algún guardia de civil que conduce una camioneta Ford. No, no la veo. Pero si puedo hablar de la muerte como una energía que pendula incluso en cualquier situación vi va: en el vaso de agua que burbujea al lado de la cama o en esta pared húmeda detrás del placard o en las flores marchitas del masetero o en la depresión del vecino con las persianas bajas. Creo que hablar de ella también es nutrirse de su carga energética, casi como usar el gas metano de la mierda de la vaca. Porque sino aparece la electricidad de lo oculto. El lado caníbal de la sombra. La amenaza del instinto pero en nuestro perjuicio. El guerrero habla de la muerte, sabe que un día finalmente va a morir y es mejor estar aten...

El yin salvaje

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El caballo  salvaje  No sabe:  del ring ni del yang, El  yin y   el  tic tac; El caballo  salvaje, Es  el  viraje de la marea  La luna en su eclipse El  zar de la suerte  Y  el  par de los tríos  Madera, metal  El  hastío  La sal, tu humedad  Los bríos del río,  El  yunque en tu pelo  Los labios,  el  deseo  El  látigo,  el  galope Los besos, desierto  Un box de la duda El  Zen, la autoayuda Caracoles sin prisa  Y la sombra huidiza. Los ojos,  el  tiempo  Cenotes ahí viendo  El  agua, las almas  El  viento que va pedaleando  Amarras, las clinas  La marcha felina  Del ciento por ciento  Tu viaje  MK

Una mañana de nadies

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Bajo de un bus de línea en la ancha avenida Libertador y el asfalto está mojadísimo. Es temprano: las 8 de un sábado y Buenos Aires amanece gélido. Los colectivos doblan por esta ancha avenida y parecen venirse encima. Por el sendero del parque, a mi derecha, hay dos pibes de unos veintitantos que se frotan las manos y luego encienden un porro que huele a tres metros a la redonda. Baranda a yerba rancia que se quema. Yo, camino siempre atento: las manos en los bolsillos y la mirada entre líneas bajo la llovizna. Después sigo y descubro el Sheraton con sus insignias en rojo allá arriba de un rascacielos que se incrusta en el medio de la desidia de este pedazo de ciudad que se llama Retiro dentro de la gran urbe que se llama Capital Federal. Atravieso la cuadra del Hotel y bajo en dirección a la terminal de ómnibus. Algunos transeúntes caminan con sus paraguas. Pasa un señor de sesenta y bigotes que vende chipá:” chipa, chipa”, repite sin acento mientras lleva en su cabeza una compoter...

Oda a la chuleta

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Oda a la chuleta. Sí, a un pedazo de carne con hueso que tal vez rebele a más de un vegetariano detrás de la pantalla. Pero voy a reivindicar ese corte que está justo encima de las costillas de la vaca. Un trozo rojo de res que el carnicero hace trizas con su sierra para luego pesarla y meterla en la bolsa. Oda a la chuleta. Al pedazo de carne arriba de la plancha que emite un silbido lento, y se  transforma en el humo de la cocina o en ese olor marrón de la carne cocida. Oda a la chuleta. A esa laguna de jugo que es un rojo color tierra y se moja con el pan para desaparecer enseguida como el caracú en el osobuco. Chuleta o Xulleta en Valenciano o Xulle en Catalán. La tradición parece cruzar en barco desde el mediterráneo a tu mesa. Llegó para quedarse. Vuelta y vuelta, después de ese paraíso del silbido que anticipa lo que viene. Una chuleta, jugosa, con un toque de chimi de tomate picante y un puré al lado como el socio compinche que te asegura el triunfo. M.K